Para Miriam Flores, ese día había sido divertido y con pocas preocupaciones. Como cada domingo, en la mañana había salido a comprar los víveres para toda la semana (así lo decían aunque todo se acababa el jueves) y especialmente para el desayuno y almuerzo de ese día. Con su padre, hicieron un desayuno bien nutrido para toda la familia (ella, su papá y su hermano) y entre los tres se pasaron arreglando la casa toda la mañana.
Ese día había tenido una temperatura alta pero en la ciudad eso era muy común. Miriam como cada domingo había estado escuchando música criolla mientras trabajaba dentro de su casa (con las puertas y ventanas bien abiertas con el fin de atrapar las brisas de verano, que siempre rozaban sus mejillas y alborotaban su cabello suelto), hasta la hora del almuerzo.
La semana anterior, Miriam y su hermano Jefferson le habían hecho prometer a su papá que irían a comer pollada ese domingo, así que entre los tres cerraron la tienda de abarrotes y fueron a comer a la primera pollada que encontraron.
Miriam disfrutó mucho ese almuerzo familiar, que duró casi una hora, dejándolos exhaustos.
Era un domingo de descanso por lo que cuando su padre, al regresar, quiso abrir la tienda, ellos (Miriam y Jefferson) le obligaron a ir a su cuarto. Ya tendría toda una semana para trabajar.
— Ustedes están creciendo demasiado rápido —decía sonriendo el señor Flores cada vez que sus hijos se juntaban para obligarle a hacer algo — En especial tú Miriam —y se ponía al lado de su hija para comprobar que casi estaban al mismo tamaño —Miriam se sonrojaba y le daba un golpecito en el brazo a su padre porque en su clase, Miriam era la que tenía mayor estatura de todas y a su papá le gustaba molestarla con eso.
Esa noche, Miriam tenía planeado ir a casa de su amiga Lucrecia y hacer unos ejercicios de Geometría, que le habían dejado en el colegio. Ella y sus amigas siempre se juntaban y hacían sus trabajos como jugando pero en esta ocasión las otras chicas estaban ocupadas y sólo Lucrecia podía trabajar con Miriam.
Casi a las seis de la noche, Miriam empezó a bañarse y alistarse para visitar a su amiga. Se vistió unos jeans azules y una blusa rosada con pequeñas líneas blancas verticales. Calzó unos zapatos negros en los que se podían ver los dedos de los pies y una pequeña rosa negra con centro plateado y brillante. Su largo y liso cabello se lo ató con un collete, pero dejó que una parte de ellos cayeran sobre su rostro y sus hombros como pequeñas cascadas de agua de castaña. De su brazo derecho colgaba una cartera de tela en la que llevaba sus cuadernos y un libro de geometría.
Así Miriam salió de su casa quince minutos antes de las siete. "Todavía es temprano —pensó— no va a haber problema si voy a pie".
Por esa razón era que siempre salía un poco temprano. Si Miriam caminaba a casa de Lucrecia se demoraría de diez a quince minutos. No era lejos y como a ella le gustaba caminar, decidió ir a pie y disfrutar de sus pensamientos.
El tiempo pasaba mientras Miriam se dirigía a casa de su amiga. Para Miriam ese camino era muy conocido, pues lo había recorrido varias veces en motocicleta o a pie. Entre la casa de Lucrecia y de Miriam se encontraba la plaza de armas pero a ella no le gustaba ir por un lugar con tanto movimiento. Más bien siempre la rodeaba y se iban por una pequeña plazoleta mucho más silenciosa ubicada a dos cuadras de la plaza mayor.
Como todavía era temprano, había poca gente en esa pequeña placita. La única banca estaba desocupada aún, pero Miriam sabía que más tarde alguna pareja iría y se sentaría para estar más cómodos.
Sólo había dos personas en toda la plaza aparte de Miriam y estaban sentados viendo hacia el lado contrario de donde estaba ella y riendo claramente. Ella se les quedó mirando un momento y luego quiso regresar a su camino pero se dio una grata sorpresa.
Frente a ella venía caminando un chico. Él era alto y de paso aseguro. Tenía cabello corto ondeado y despeinado y estaba con unos vaqueros azules y polo celeste.
Miriam no había visto a José Bueno desde la semana pasada cuando salieron con dos amigas más a comer pizza, y ahora lo encontraba caminando hacia ella. Miriam se alegró de verlo sonriendo y sin darse cuenta ella también lo estaba.
Había sido una extraña historia la de Miriam y José: Ellos se habían conocido desde pequeños en la escuela, cuando aún Miriam asistía a una escuela mixta, pero se dejaron de frecuentar cuando los dos entraron a la secundaria.
Tres años más tarde cerca de la casa de José se mudó una chica de su edad que le gustó al instante pero que lamentablemente estaba asistiendo a un colegio de mujeres. Por medio de unos amigos, José se entera que Miriam es amiga de esa chica y decide pedirle que se la presentara. Miriam no acepta al inicio pero José hace tan buen trabajo que después de un tiempo logra convencerla y ella termina ayudándole.
A quien José no logra convencer es su Laura, su vecina. Durante un tiempo José intenta tratarla pero ella al parecer sólo quería tener amigos. Por otra parte la relación entre Miriam y José se hacía cada vez más cercana y éste comenzó a frecuentar a Miriam mucho más de lo que había pensado.
Ya había pasado casi siete mese del día en que José le pidió ayuda a Miriam para conocer a su amiga y ahora estaba frente a él y le sonreía antes aún de encontrarse.
Miriam vio que José también venía sonriendo, por lo que aceleró el paso hasta que se encontraron.
— Enana, ¿qué estás haciendo por aquí? —fue lo primero que dijo José mientras se daban un beso en la mejilla.
— No soy ninguna enana, yo soy más grande que tú —dijo ella —, y soy la más alta de mi salón también.
— ¿Sí? ¿O sea que tú eres la chica ruda de tu clase? —Miriam rió.
— Sí, y tú también tienes que tener cuidado conmigo porque podrías perder.
— No voy a perder nada porque no quiero luchar contigo, de todos modos eres todavía muy chiquita como para que quieras ganarme… —Dijo José.
De esa manera se saludaron Miriam y su amigo, entre broma y broma, como todas las veces que se encontraban.
— Bueno, hablando en serio, ¿qué estás haciendo?, ¿a dónde te estás yendo tan temprano? —Le preguntó José cuando terminaron las risas iniciales, pero sin borrar una pequeña sonrisa de su rostro.
— Tengo que hacer unos ejercicios de Geometría que me han dejado en el colegio y estaba yendo donde Lucrecia para hacerlos —se lo ocurrió una idea —. ¿Y tú, donde estás yendo? ¿Estás muy ocupado en este momento?
— No, ahora no tengo muchas cosas que hacer.
— Mmm… Pues tú me has dicho que te gusta enseñar, además que quieres ser profesor…
— Yo no quiero ser profesor, a mí me gusta la física, no la educación física, es decir nada de educación.
— Pero te gustan los números, ¿no?, entonces puedes ayudarme con unos ejercicios que tengo aquí —Dijo Miriam y apuntó su cartera en la que llevaba sus cuadernos, entre otras cosas.
— ¿Sabes? eso es lo que me gusta de ti —fue la respuesta de José y Miriam se sorprendió un poco—, que tienes bastante imaginación, eres muy imaginativa, chiquita —José le dio énfasis a las dos últimas palabras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario